Entiendo que lo que me está pasando no es de mi entera responsabilidad. El momento económico por el que estamos atravesando pega en el bolsillo del universo de personas que disfrutaría tomar clases de canto y es un obstáculo para que eso suceda.
Doy clases de canto desde hace más de 30 años. La primera clase que dí fue cuando David, mi hijo, era un bebé de pecho y hoy ya tiene 35 años. Tuve momentos de mucha actividad y otros en los que me dediqué a otras actividades paralelamente. Siempre canté, en diferentes proyectos, con diferentes grupos de personas, siempre disfrutando, aunque no fui lo suficientemente constante con eso.
En lo que si fui constante y lo sigo siendo es en mi capacitación para la docencia. Tomé clases de canto con regularidad durante cerca de 25 años, seguí seminarios especializados en pedagogía del canto para enseñar cada vez mejor. Además, hoy, y desde hace 10 años, estoy abocada a tomar cuanto curso, seminario, encuentro, masterclass, foro, movimiento y todo tipo de prácticas pedagógicas donde pueda seguir profundizando en el método funcional de la voz y todo lo que lo rodea y alimenta.
Además, tengo un proyecto de repertorio popular con el pianista Rafael Asioli que ponemos en escena siempre que se da la ocasión y coordino un Taller de repertorio, interpretación y técnica vocal con otro pianista, Juan G. Galinez.
Leyendo lo que acabo de escribir y, a punto de cumplir 70 años, debería sentirme satisfecha –y en algún sentido me siento así, solo en algún sentido porque nunca me pasó, como en estos meses, esta situación de estar parada mirando una agenda desierta.
Mientras las redes, mi algoritmo, me muestran cursos de marketing y coachings de todo tipo para conseguir “clientes” yo vengo sabiendo que lo único que, hasta el día de hoy, crea las condiciones de posibilidad de tener alumnas y alumnos es el boca a boca, la recomendación y la buena situación económica de las personas que desean aprender a cantar. También sé que un clima tan achatado en materia anímica, tan flaco en vibraciones culturales, con tantos de nosotros peleando por el día a día, la supervivencia, hace difícil distraer tiempo para la creatividad y el disfrute artístico.
En lo personal, estoy triste. Siento que tengo que pelear contra un fantasma que no se muestra del todo. No me gusta un mundo donde tendría que dedicar tiempo a estudiar publicidad en redes; tampoco logro creer en que es necesario. Prefiero un mundo enfervorizado por defender su cultura y una mejor vida para todos.
Abrazos.